domingo 27 de abril de 2008
domingo 10 de febrero de 2008
la voz de la autoridad
Y pese al supuesto conflicto, las matemáticas y el lenguaje anidan en el mismo Hemisferio Izquierdo - acaban de decirlo en el canal del National Geographic y por supuesto, si lo dice la televisión, es indiscutible.
El lenguaje, materia básica de toda filosofía, comparte casillero con los números. En el otro Hemisferio estan las habilidades artísticas. Casos hubo en que alguien sufrió un daño cerebral y se le despertó una maravillosa habilidad para el dibujo o todo aquello que implique ser detallista. La teoria de los cerebrólogos es mas o menos esta: la realidad que percibimos tan compleja es que la reducimos a símbolos con los que nos manejamos muy bien. Eso nos da una ventaja tremenda aunque perdemos percepción directa: lo inverso que le pasaba a Funes el memorioso, que no podía dejar de captar cada detalle y que no podía darle mayor peso a un detalle que a otro.
Por eso el psicoanálisis, evidentemente búsqueda racional, podría estar tan distante de las emociones como el teorema de Pitágoras. ¿Porqué no el budismo zen? ¿Porqué no rezar el rosario? Esos actos te conectan con otras cosas.
La música, con su ritmo y métrica - tan matemáticas - y la poesía - desarmando las palabras de sus racionales significados y conectándolas con las emociones directas - podrían ser los ejercicios que mas relacionen ambos hemisferios. Uno mira distinto y se transforma, ve otra cosa, o como dijo el poeta salteño:
mirando flores de alfalfa
sus ojos negro se azulan
Se divirtió
Ulschmidt
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sábado 9 de febrero de 2008
Feliz pero no tanto
A uno le va mejor en la vida cuando es feliz, pero no tanto. Esa es la conclusión a la que llegó un grupo de investigadores norteamericanos que se entretuvo haciendo estadísticas sobre lo que contesta la gente cuando le preguntan si es feliz.
La idea fue pedirle a los encuestados que se ubicaran en una escala de 1 a 10 y comparar las respuestas con otros aspectos de su vida, como su estado general de salud y bienestar, su nivel de ingreso, su nivel de estudios, su vida laboral, su participación política y su vida familiar y social.
Lo que se vio es que la medida de la felicidad va junto con todos los otros aspectos. Las personas felices ganan más, tienen un mejor nivel de educación, son más sanas, les va mejor en el trabajo y son más activas políticamente que las que no son felices. Además, es más probable que hayan formado una familia.
Hasta que llegan a 10. A las personas que contestan 10 les va un poco peor en casi todo que a las personas que contestan 8 o 9, menos en lo de la vida social, donde les sigue yendo mejor. Lo más llamativo es que los más felices de todos ganan bastante menos, están menos educados, les va peor en los exámenes y participan menos en la vida política que los que son apenas infelices. Como si apenas un grado, o dos, de infelicidad sirviera para darnos el empujoncito necesario para obtener otras cosas importantes.
Los muy felices, además, son un poco descuidados consigo mismos. Están tan contentos que se olvidan de hacer gimnasia, comer sano e ir al doctor. Y se lo pasan de fiesta en fiesta con los amigos, así que comen y toman un poco de más. Seguro que hasta se olvidan de lavarse los dientes.
Los investigadores concluyen que la felicidad es algo que vale la pena perseguir cuando a uno le falta, pero la búsqueda perpetua de la felicidad cuando uno ya es feliz puede ser contraproducente.
Lo que me deja más feliz que antes y, por eso mismo, más preocupada.
Se divirtió
Ana C.
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Marcado en la avaricia
miércoles 9 de enero de 2008
Agua
que se vierten
que se vierten
que se vierten
que nos une y nos eleva
en ritual de chispas
en agotada síntesis
Publicado en Amor profano
Se divirtió
Alex de Seven
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Marcado en la lujuria, la magia
martes 20 de noviembre de 2007
La justificación
Tal vez hubiera sido bueno haber hablado un poco con ella, que le dijera sus razones, que le explicara cuáles habían sido los motivos, pero no, su cabeza en esos momentos estaba ya muy distante, una demoníaca obsesión lo atormentaba y lo tornaba ajeno a cualquier entendimiento; por eso fue que la golpeó, que la tironeó fuerte de los pelos, y con aquel odio que borboteaba en su sangre le pegó el primer cachetazo, en la cara, cuando estaba completamente desprevenida y a su merced, hasta que la mano le empezó a doler, y miró aquel rostro con los magullones que parecían granadas a punto de reventar, y la nariz moqueando y escurriendo sangre. Lo que más le dolió entonces fue su alma, que envenenada, jamás volvería a ser la misma.
Se alejo de allí, volteó la cabeza y miró como María, angustiada, se cubría con una toalla limpiando su cara, cruzó la puerta y al cerrarla, escuchó todavía algún sollozo que atravesó no solamente las paredes, sino también su corazón y su mente; y entonces, empezó a correr por las calles mientras comenzaba a oscurecer, a correr de uno a otro lado como alma en pena, agitado, y con la vergüenza en los ojos, repitiendo en su memoria las imágenes: su mano en alto, la mirada enloquecida, el resoplido de su aliento, el golpe contra el rostro de ella, el giro brusco y el impacto contra la cama, el gemido que poco a poco se convirtió en llanto. Correr y divagar en aquellas calles frías y solitarias, en aquellas calles de aquel pueblo maldito, que seguro, estaba enterado ya de todo cuanto había ocurrido. Solo, y bajo aquellas miradas que, seguramente, tras las puertas seguían uno a uno los pasos de sus penas.
Cayó la noche, regresó a su casa y se acurrucó finalmente en la banqueta sucia del comedor, la luz tenue de una lámpara en la cocina, le señaló dónde estaba María, con el cabello recogido en una trenza, los moretones discretos, planchando su camisa azul, la de cuadritos que tanto le gustaba.
Abrió bruscamente la puerta, ella lo miró disimulada, y con mucha vergüenza y pena agachó la cabeza.
Fue en ese instante entonces cuando decidió abandonarla y salió de su casa para siempre, mientras, en su mente no dejaba de repetir:
-Fue cierto… por eso la muy puta no se atrevió a defenderse…a reprocharme nada.
Se divirtió
La otra parte de mí
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jueves 4 de octubre de 2007
Marginal.
La luna le da su espalda más negra a la noche y las estrellas entristecidas, alumbran los ranchos de los marginados.
Un perro corre a un gato que sale disparado arrastrando sombras tratando de alcanzar una rata y todo termina cuando ésta se esconde en un hoyo del basural, el gato huye a las alturas de un techo de chapas y el perro regresa con sus huesos (los propios) a echarse en el mismo lugar de siempre, a dormir el sueño aliviador de los famélicos.
En las casuchas, como en el tango, el músculo duerme y la ambición descansa. En la única habitación se dan calor unos a otros y el aire, enrarecido, aumenta el sopor, haciendo caer en sueño profundo a todos. Las narices se adaptan a la pestilencia de los olores. Los oídos de los chicos oyen sólo lo que deben oír y cuando la cama de su madre haga ruido en las madrugadas, ellos simularán estar dormidos como angelitos irreverentes.
La abuela, en cambio, duerme poco, porque como dice siempre, poco es lo que le resta por estar despierta. Ella sabe que después de abrirse la puerta del rancho, vendrán los cuchicheos y luego, el ruido que no será de su incumbencia; por eso estirará la mano, tomará la botella de vino y comenzará a empinársela tratando de que cada trago no resuene en la habitación.
En la oscuridad, que es su cómplice adentro, la madre y el visitante no percibirán lo que pasa.No oirán al perro corriendo nuevamente al gato, ni la huída de la rata en el basural y mucho menos a la abuela tragando el vino; tal vez escucharán las respiraciones de los cuatro niños, las de ellos mismos y el zumbido lejano de un camión que pasará por la ruta de vez en cuando.
Entonces, será el momento de que la cama se mueva, se hundirá el pulgoso colchón con cada envión del hombre sobre ella, no pudiendo del todo enmascararse el ruido de hierros y alambres.Al rato, él se vestirá sin bajarse de la cama y ella, que conoce la solidez de las penumbras, descenderá del camastro y abrirá la enclenque puerta del rancho con los ojos cerrados, para no enceguecerse con el resplandor de las luces del puente carretero.
Una vez terminados de atar los cordones de sus mugrosos y raídos zapatos, el hombre se levantará y podrá salir sin llevarse nada por delante, pero antes dejará sobre la destartalada cómoda unos pocos pesos que ella transformará en comida y acomodará prolijamente al lado del preservativo que no se usó y de las estampitas religiosas que como ramilletes de flores ofrecerán sus hijos en las calles al día siguiente.
Se divirtió
La otra parte de mí
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Marcado en el desamparo, la pobreza
domingo 9 de septiembre de 2007
Máxima.
Sintió la turgencia del pene acariciando sus nalgas, goteando, humedeciéndolo todo a su paso y se puso tensa de inmediato, alerta, a la defensiva.
Sintió que le manoteaba un puñado de cabello y se lo tiraba hacia atrás, para darle un dolor que la distrajera, para demostrarle quién era el que mandaba.
Fatalista, vaticinó que había llegado la hora de cumplir con aquella máxima que dice que ante la violación inminente, no hay mejor salida que relajarse y gozar.Entonces, se quejó sensualmente, sabiendo que lo excitaría y que su falo adquiriría una mayor rigidez.
El sabía que el poder era suyo y empujó su miembro con fuerza, moviéndose con una furia intensa que ella se encargó de domesticar con movimientos que oficiaron de freno a la vertiginosidad, para ir llevándolo luego al nacimiento de una cadencia inesperada.
Ella gozó lo físico de los roces, con más o menos presión y del placer que le daban la ambigüedad del propietario del poder, el convencimiento de lo inminente y la absoluta certeza del placer que le causaba.
Gimieron ambos y lograron combinarse, aparearse en el sonido, tal y como estaban, en la carne.El glande y su enorme tronco de jade entraron sin permiso y sin concesiones en su cuerpo, luego vino el repliegue continuo y uniforme, todo fundido en un dolor agradable y excitante.Ya no quería que aquello terminara y quiso desalojarlo de toda duda cuando con sumisa fruición comenzó a lamerlo para alcanzar juntos el éxtasis supremo y cuando él la agarró de los hombros, empujándolos hacia abajo, disfrutó del poder que la ordenaba, sintió que ambos eran bailarines moviéndose en un compás casi perfecto.
Ambos gritaron, ambos gozaron y ella, en el paroxismo del placer sexual, ni cuenta se dió del filo de la navaja degollando sus suspiros; le había hecho caso a la máxima; pero olvidó que su violador deseaba que se le resistiera.
Se divirtió
La otra parte de mí
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Marcado en el placer, la lujuria
martes 14 de agosto de 2007
La expiación
Es domingo, después de la gran trasnochada de ayer José acelera su paso hacia la iglesia.
Hoy sus pecados serán lavados y almidonados sus principios.Si no se apura no tendrá asiento en la primera fila de los devotos que buscan los famosos oídos amnésicos del clero.
Ha ayunado de cuerpo; su mente no sabe de reposo ni descanso, menos de penitencias inútiles, sin embargo, hará rodar una lágrima culposa, poco cristalina, buscando la aprobación a su solapada herejía.
Hoy le proferirán el cuerpo y el vinosangre que lo comulgará de sus males.
Rezará solemne e impertérrito frente al santo sagrario.La etiqueta triunfante de la lavandería de pecados brillará en su traje formal y una vez terminada la comedia del arrepentimiento, habrá cumplido con el rito que le dará la excusa para volver a pecar.
Se divirtió
La otra parte de mí
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Marcado en la estupidez, la hipocresía, la soberbia
jueves 19 de julio de 2007
Por vez primera
No fue dolor sino cierta incomodidad. La plena sensación de "esto no es como pensé que iba a ser", raspa, fuerza, empuja, embiste, invade. Y no me dio placer.
Dónde están las conmociones, los estremecimientos, los jadeos, el goce, el fuego líquido entre las piernas, el desmayo en cada terminal nerviosa, los sentidos aumentados, todo eso que me pasa cada vez que me besás y me tocás, cada vez que tu lengua me quema en la piel y me susurrás en el oído "cuándo" mientras te siento duro contra mí, tanto que a veces me duele. Y yo te digo que no, pero no detengo tu dulce incursión, al contrario, la motivo, la busco, la intensifico y la deseo.
Ese fin de semana mis padres no estaban en casa. Y el hecho de que no estuvieran significaba una especie de piedra libre, "no me van a descubrir, lerolero". Cuando me pasaste a buscar por casa ya sabíamos, sin haber dicho absolutamente nada, que ése era el día. Había cumplido 18 años hacía un mes y nada y vos tenías 19 y yo me moría por vos.
Gris. Qué gris! Por qué hay tantos espejos? Qué es esto? Qué hace uno ahí? Vení. Voy. Besáme. Pero esta vez tus besos no me produjeron cosquillas. No me empapé. Algo está mal y vos no te das cuenta. No te das cuenta de nada y yo no puedo abrir la boca. Estoy asustada y no te lo digo. No te das cuenta. Raspa. Molesta. No entra, no te das cuenta que no entra. Chhhhhhhhhsssssss. Ya va a pasar. Nononono. No pasa. Me molesta. No siento nada. Entró y salió. Entró y salió. No sé cuantas veces. Y no siento nada, sólo tristeza. Qué pasó? Qué es esto?
Terminaste y pensaste que yo me había sentido bien, que había disfrutado y que me había gustado. No decodificaste ni una expresión, o más bien la falta de cualquier tipo de expresión. El silencio no te dijo nada. Prendiste un cigarrillo y me dijiste "no eras virgen". Pensé que me moría. Sin embargo, te pregunté ¿de dónde sacás que no soy virgen? No sangraste. Me dijo no sangraste. Yo no lo podía creer. Le contesté que era un ignorante. Después me pidió perdón. Pero el perdón no me hizo convulsionar de deseo. Pasaron años antes de que supiera de qué se trataba el buen sexo para mí. Menos mal, para ellos, que nosotras aprendemos rápido.
Poco antes de terminar la relación, un día en que él estaba particularmente convencido de que me había llevado y traído mil veces de la cima del placer sensual, se lo dije. Pero esa pequeña venganza me hizo sentir ruin. Por él y por mí. Las mentiras no tienen sentido nunca.
Se divirtió
Alex de Seven
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Marcado en la nada
viernes 6 de julio de 2007
La intrusa
-¿Qué te parece si invitamos a cenar a Marta y a Mario?
La pregunta híbrida de Elena tomó por sorpresa a Roberto. Ella estaba en el dormitorio, y él, sentado en el sofá del living, no podía verla. ¿Había preguntado con naturalidad, sin darle importancia, o acaso premeditaba algo?
Aunque faltaban todavía dos semanas, les gustaba preparar su cena de aniversario con antelación para que se convirtiese en una efeméride especial, y en los cuatro años que llevaban de casados jamás habían invitado a nadie, puesto que era una ocasión exclusiva e íntima para los dos con fantasías en ebullición. Durante los últimos años no habían gozado de buenas amistades con las que compartir el evento. Gradualmente se habían ido quedando solos, se aislaron socialmente. Un poco por comodidad y otro poco por desinterés habían ido descuidando a la barra de juglares de la juventud. No les agradaba salir de su confortable refugio cotidiano para hablar una y otra vez de las mismas vaciedades de siempre. Sus conocidos seguían estancados en bromas antiguas y no demostraban tener ningún interés en temas de actualidad limitándose simplemente a comentar el fútbol del domingo o a criticar a viejos vecinos. Elena y Roberto, no pretendían nada extraordinario, ningún prodigio, sólo un poco de conversación adulta de vez en cuando y como no eran personas abiertas a conocer gente nueva, cuando les presentaban a alguien, o coincidían forzosamente con otros en cualquier reunión, se limitaban a ser corteses, pero sin entreabrir jamás esa puerta que permite que vuelvan a llamarte, a invitarte e intimar, o lo que es aún peor, a que los demás se autoinviten e invadan tus espacios y costumbres. Pero meses atrás habían conocido a Marta y a Mario con gustos y aficiones parecidas a las de ellos. A Roberto le encantaba la idea de que asistiesen a la cena, sobre todo quería ver a Marta, pero no lo podía reconocer abiertamente delante de su esposa y cuando ésta lo sugirió, se limitó a murmurar una afirmación inconsistente.
Roberto conoció a Mario en su trabajo y desde el primer momento quedó gratamente impresionado. Él era una persona de trato exquisito. En la oficina era eficiente y siempre estaba de buen humor, dispuesto a ayudar a cualquiera; simpático y ocurrente, nunca cruzaba la frontera para convertirse en un molesto chistoso. Tenía además un aspecto agradable que le daba un aire relajado a todo lo que hablaba o hacía. Pronto comprobaron ambos que eran muy parecidos en casi todo y comenzaron a congeniar, salían juntos a tomar café y cada vez que se cruzaban en los pasillos se paraban un rato a charlar. Un día Mario le presentó a su esposa, Marta, que había pasado por la oficina a saludarlo. Era bellísima. Tenía el pelo corto, moreno, no era muy alta y sí deliciosamente proporcionada. Vestía jeans y una camisa roja ceñida y su rostro era de un encanto tan sencillo y natural que desarmó a Roberto y lo dejó hipnotizado. No aparentaba ser sofisticada, no llevaba maquillaje ni joyas. Roberto se preguntó si una persona tan bella podría llevar una vida normal, porque él estaba seguro de que, con esa cara, esa manera de moverse, tan libre, tan juvenil, tan sexy podía hacer lo que quisiera, desde enamorar a reyes y emperadores hasta transformar a un guapo en cobarde o destruir a medio mundo si le viniera en gana. A él ya había empezado a destruirlo…
El haber conocido a Marta hizo que Roberto quisiera reforzar su amistad con Mario. Por primera vez en mucho tiempo podía mantener una conversación con alguien sin sentirse forzado o incómodo, pero por sobre todo, deseaba volver a encontrar a la mujer de su amigo. No se la podía quitar de la cabeza. Así, una noche, salió a tomar algo con su esposa y se las ingenió para coincidir “casualmente” con la pareja en el bar donde sabía que iban a estar. Era el segundo encuentro con ella y parecía aún más hermosa. Tras las correspondientes presentaciones a Elena, comenzó lo que se convirtió en una maravillosa velada regada con buen vino. A los cinco minutos ya reían como viejos amigos, eran cuatro espíritus mancomunados que se encontraban descubriendo aficiones comunes. Roberto, feliz, se pasó la noche como un sabueso, mirando a los ojos de su reciente amiga Marta. Lo que no imaginó es que esa madrugada, su mujer soñó con Mario. Si a él le había gustado Marta, a Elena la había encandilado Mario. Ella nunca había sido una mujer interesada en otros hombres, ni se le había pasado por la cabeza mirar a otros, ni siquiera como curiosidad o para seguir las bromas de sus antiguas amigas. Mario había estado muy atento toda la noche con ella, pendiente de que no le faltara nada y que no quedase fuera de la conversación en ningún momento. Su personalidad le atrajo, y su físico aún más. Aunque su rostro era agudo y sus facciones marcadas, los ojos caídos y melancólicos le restaban rudeza y le añadían una pincelada de ternura. Poseía una elegancia serena que irradiaba bienestar en torno a él. Y Elena, un poco achispada por el alcohol, no podía dejar de mirarle el trasero cuando se levantaba para ir a la barra a pedir más bebidas. En el sueño de aquella noche su subconsciente fue un poco más lejos…
A partir de aquella ocasión, tanto Roberto como Elena buscaron excusas para verse con sus nuevos y deseados amigos. Comenzaron a salir, en contra de sus antiguas costumbres, varias noches por semana, y a merodear por los bares que frecuentaban Marta y Mario hasta que los localizaban. Pronto se consolidó la unión entre los cuatro.
Con el pasar de los años, la comunicación entre Elena y Roberto había seguido una línea descendente sin interrupción que les llevaba a un punto en el que hablaban lo indispensable para no perderse el respeto o para guardar las formas. Quedaron atrás los primeros tiempos, cuando eran la envidia de todos, siempre los dos juntos, enfrascados en conversaciones íntimas, indiferentes al universo que los rodeaba. Se seguían queriendo y se habían habituado a la convivencia, se deslizaban sobre ella confortablemente, pero sin los altibajos que la hacen jugosa y fructífera. No podían recordar la última vez que habían hablado de ellos mismos, de sus ilusiones, de sus intereses o de sus miedos. Ya ni se les pasaba por la cabeza emprender nuevos retos juntos, descubrir músicas fascinantes, sabores embriagadores o viajes encantados. Ya ni siquiera discutían. Por eso, estos nuevos hábitos en su, hasta ahora, aburrida vida social, empezaban a preocupar a Roberto. Se preguntaba si su esposa habría notado ese súbito interés que él mostraba por Marta. A veces, estando en el bar, hasta él mismo se sorprendía mirando embelesado durante largo rato los hombros desnudos de ella y se avergonzaba de no haber prestado atención a lo que se hablaba; o cuando salían a caminar los cuatro, él siempre procuraba situarse junto a Marta. Estaba casi convencido de que esos detalles tan burdos no podían habérsele pasado por alto a su mujer. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Elena no reparaba en absoluto en lo que hacía su marido. Bastante trabajo tenía ella con que no se le notara su ansia por estar junto a Mario y al igual que una colegiala ilusa con su primer amor, le parecía reconocerlo en cualquier hombre que se le acercaba por la calle. Un pellizco le oprimía el estómago hasta que descubría que no era quien soñaba, pero ya no podía evitar que el resto del día sus pensamientos estuviesen dedicados a él.
La vida de ambos fue llenándose de nuevos detalles. Elena comenzó a comprarse ropa interior más moderna y provocativa. Aunque sabía que su idolatrado Mario no iba a saberlo, ella se sentía mucho más segura y confiada, incluso comprobaba que en las conversaciones, era como si las sugerentes y minúsculas tangas le otorgasen alas liberadoras, y se aventuraba mucho más en sus juegos de seducción. Por su parte, Roberto se anotó en un gimnasio y se excusaba ante su mujer, suspirando aliviado al ver que ella no indagaba demasiado en las verdaderas causas de ese súbito interés suyo por el spinning, los bancos de abdominales o los aparatos de step. Tampoco Elena manifestaba curiosidad cuando Roberto llegaba a casa y bebía unos extraños brebajes de avena, condimentaba ensaladas de algas o tragaba comprimidos de hígado de pescado.
Era indudable que la compañía de Marta y Mario los estimulaba en todos los sentidos. La actividad sexual mejoró considerablemente entre ellos. En los últimos meses, a partir de las salidas nocturnas, llegaban a su casa y se enmarañaban en juegos eróticos inusuales para ellos, con la avidez propia de una pareja de recién casados. Claro que ambos ignoraban que la mente de su respectivo cónyuge estaba pensando en otra persona.
Sin embargo, los plácidos y encantadores días que se auguraban a sí mismos en compañía de Marta y Mario se nublaron con la aparición de Patricia.
Patricia se mudó justo al lado del piso de sus amigos. Era una joven española, estudiante de Historia del Arte aunque, según fueron enterándose después, esto no era más que un simple pretexto, puesto que la verdadera razón de su viaje era superar la muerte de sus padres en un accidente de tránsito y poner un poco de distancia entre ella y el resto de la familia, con la que no estaba muy bien avenida. Todavía no tenía amistades en la ciudad y Marta y Mario, sin consultarlo con Elena y Roberto, se ofrecieron encantados a invitarla a salir con ellos. Patricia parecía diseñada para gustar a todo el mundo. Era alta y rubia (pese a su hispanidad), con una larga melena lisa, y tenía los ojos claros, todo lo que la convertía en una criatura bastante atractiva, aunque con una belleza que, al no ser exuberante ni llamativa, gustaba a los hombres y no molestaba a las mujeres. Se sorprendía, o aparentaba sorpresa y rubor, cuando alguien le mencionaba su encanto. Era desenvuelta, natural, simpática, hablaba con todos, su suave acento embelesaba a cuantos la oían y a todos escuchaba con atención. Una noche, Marta y Mario se la presentaron a Elena y a Roberto y se unió al grupo que habían formado las dos parejas, aunque estos últimos, tras la obligada cortesía inicial, la aceptaron no de muy buen grado. No deseaban que nadie se interpusiera entre los cuatro. ¿Para qué hacía falta otra persona? Ahora venía una intrusa a estropearlo todo. Este recelo fue alimentando un descontento mayor a medida que Patricia iba ganándose la confianza de Marta y de Mario. Ya no podían disfrutar a gusto de sus amigos, siempre estaba ella de por medio. Cuando Elena trataba de mantener esas charlas “especiales” con Mario, éste hacía participar a Patricia de la conversación, y a los pocos minutos terminaban ellos dos hablando emocionados y Elena pasaba a un segundo plano hasta casi desaparecer. Mario ya sólo tenía ojos para Patricia. Marta también había sucumbido al hechizo de ella, y le solicitaba continuamente su opinión sobre cuadros o esculturas, lo que impedía a Roberto explayarse a solas con su amiga e intentar deslumbrarla, con su profunda y cínica visión del mundo. Incluso alguna vez que Patricia acaparaba a Marta y a Mario a la vez, se habían quedado los dos esposos desplazados al mismo tiempo, viéndose obligados a forzar algún diálogo entre ellos, algo a lo que ya no estaban acostumbrados. En esos incómodos momentos, sin ellos saberlo, los unía la misma rabia que iba naciendo en sus entrañas y luego lanzaban a través de las miradas que dirigían de vez en cuando a Patricia. Los días fueron pasando con odiosa monotonía. Se había acabado la ilusión y Elena y Roberto se acicalaban sin demasiado esmero, sin esperar nada de los encuentros con Marta y Mario, nada que no fuese la insoportable y omnipresente Patricia, abarcándolo todo.
Cuando faltaban algunos días para la cena de aniversario, decidieron invitarlos. Cada uno estaba convencido en su fuero interno, de que sería una ocasión excelente para recuperar los vínculos perdidos con sus codiciados amigos y lograrían deshacerse, siquiera por unas horas, de la fastidiosa Patricia. Les volvió a nacer un atisbo de esperanza y dedicaron su esfuerzo a conseguir una velada del agrado de sus platónicos amantes.
Elena se ocupó durante varios días de elegir un menú original y exótico con el que sorprender a Mario y adquirió los desacostumbrados ingredientes en la delicatessen más exclusiva de la ciudad, siempre con la inquietud de que, en cualquier momento, Roberto le preguntara el motivo de tamaño despilfarro; pero su marido sólo se dedicó a visitar como un loco todas las bodegas intentando descubrir los vinos más exquisitos y costosos con los que apabullar a Marta.
Sonó el teléfono y cuando Roberto lo atendió, Mario le dijo que Patricia también iba a acompañarlos en la comida de esa noche. Roberto, doliente, ya no pudo continuar oyendo las palabras que salían del auricular. Sólo escuchaba un murmullo confuso que le golpeaba las sienes al ritmo de los latidos de su corazón. De pronto, los deseos, las expectativas y los anhelos depositados en esa noche se desvanecieron. En lo más hondo de su ser se había abierto una herida y un doloroso odio hacia Patricia empezaba a consumirlo. Sin fuerzas ni argumentos para rebatir a Mario, colgó el tubo y trató de recomponerse para darle la noticia a Elena. Cuando ésta lo supo, apretó los dientes y sin decir nada se limitó a seguir eligiendo música para ambientar la cena. El mal humor fue creciendo en ambos, y sin hablar fueron colocando la mesa, las sillas y los cubiertos con gesto serio y ademanes bruscos. Roberto se pasó un buen rato agachado intentando arreglar sin éxito un enchufe; consiguió así que las piernas se le agarrotaran y se dió un fuerte golpe en el hombro con una estantería al levantarse refunfuñando para atender el timbre que había sonado.
Era Patricia que, aburrida en su casa, había decidido adelantarse para ayudar. Sin preguntar lo que tenía que hacer, con su habitual desenvoltura, empezó a modificar la disposición de los cubiertos y las copas, ante la mirada estupefacta de Elena que llevaba todo el día dedicada a ello. Después se metió en la cocina y comenzó a husmear y a remover el contenido de las cacerolas y sartenes. Elena no daba crédito a lo que veía. Al igual que a su marido, le había brotado una angustia profunda en su interior, producto de la envidia y la ira contenida. Respiró profundamente porque notaba que le faltaba el aire y el corazón le latía agitadamente. Una hora después llegaron Marta y Mario impecablemente vestidos para la ocasión, pero a Roberto y a Elena ahora les molestaba que fuesen tan atractivos, pues hacía más grande el tormento de no poder disfrutar de ellos a solas.
La cena resultaba extraña, con unos invitados alegres y desenvueltos, y unos anfitriones callados, tensos, a punto de reventar. Roberto movía nerviosamente una pierna golpeando la pata de la mesa y Elena no pudo evitar derramar su copa de vino. Al final de la interminable noche, Marta y Mario se despidieron afectuosamente, pero Patricia se ofreció para quedarse a limpiar y recolocar los muebles que se habían movido. Roberto y Elena, con un abatido gesto la dejaron en el living y se fueron al dormitorio por un momento. Desde allí escucharon un gemido y un fuerte golpe; corrieron hacia donde estaba Patricia y la vieron en el suelo, agitándose convulsivamente, parecía que se asfixiaba; su mano derecha estaba negra, quemada, aferrada a un enchufe roto desde donde asomaban los cables pelados que Roberto no había podido arreglar. Un olor a neumático quemado invadía el ambiente.
Elena y Roberto se quedaron de pie, quietos, mirando cómo Patricia se encogía y se estiraba.
-Deberíamos ayudarla –dijo Roberto.
-Sí, deberíamos –dijo Elena.
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La otra parte de mí
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Marcado en los celos

