sábado, 3 de marzo de 2007

La Ira de g.

G. fracasa con la granja, conducta habitual en él, la abandona, se muda al pueblo y obtiene la concesión del bar del club local. G. también fracasa con el bar, pero de una forma sutil; en realidad se queda allí como veinte años o treinta años. Se emborracha al costo y hace buenas migas con los demás borrachos. Su esposa ve poco dinero y su hijo, g., sale a trabajar desde temprana edad.
g. se enamora de una guitarra tras una vidriera -la observa largos minutos día tras día- y el comerciante, que sabe que G. es un insolvente, sale y finge fiársela. Para su sorpresa, meses después g. se presenta y la paga. Obtuvo cada peso haciendo changa tras changa. El mercader se asombra y se lo dice y g. se asombra de que el otro se asombre. "Si le dije que le iba a pagar, le voy a pagar" dice.
Porque g. siempre es así, él siempre cumple. Cuando deja el conjunto folklórico de la adolescencia y viaja a la Capital, la señora dueña de la pensión donde pide alojamiento decide hacerle un lugar y darle crédito al muchacho -ella, que se la pasa rechazando ese tipo de gente- pero es que g. transmite confianza a la gente de alguna forma. Ha pasado una infancia sufrida y su decencia se transparenta. Las personas confían y g. nunca, pero nunca, les falla.
Compone g. canciones melancólicas que hablan de su padre, de un hipotético padre, campesino y bonachón, medio bohemio, buena gente, un ser entrelazado con la tierra. Compone muchas otras pero las que hablan de su padre a su pequeño público le gustan entre las que más.
En verdad, antes de que partiese a la ciudad G. se emborrachaba y daba consejos a g., y eran los estúpidos consejos que un borracho puede dar, sólo eso. Pero g. pretendía encontrar una oculta sabiduría en ellos.
Después compone más canciones y canta en muchas partes y en algún momento triunfa y la cosa despega. Al menos una canción de g. ha dado la vuelta al mundo -o por buena parte de él durante un buen rato- doy fé de ello.
Y un día, ya maduro, ya habiendo enterrado a G. hace años, está conversando con alguien y el tema deriva hacia su padre y g. dice: "mi padre era un ebrio". Y en ese momento se da cuenta que su padre era un ebrio y no un bohemio campesino. Y que lo ha querido porque era su padre, nada más, porque nada de G. era para admirar. Pero era su viejo. Ya no necesita mistificarlo. En ese momento a g. se le extingue la Ira que lo acompañó por décadas.

6 comentarios:

Pampa dijo...

;o)))

Ana C. dijo...

Ahora sí. Valió la pena esperarlo, Ulschmidt.

"G. también fracasa con el bar pero de una forma sutil; en realidad se queda allí como veinte años o treinta años".

Después de esa frase, ya no hacía falta ver la firma para saber quién lo escribió.

Alex dijo...

cuando la liberación llega...
Muy lindo el cuento, Uls.
Bienvenido

Ana dijo...

Me gusto muchísimo.

Gabriel dijo...

Usté lo conoce a g. de acá cerca? de Cañada Rosquín?

;)

lunanueva dijo...

¡Pero qué maravillosa historia, y qué bien contada!
Yo también me pasé años llena de ira contra mi viejo, hasta que finalmente entendí que, aunque somos parecidos, no estoy obligada a repetir sus errores.
Y ahí se extinguió mi ira.
Me encantó.