domingo, 1 de abril de 2007

El Tatuaje

A él, el tatuaje de ella lo obsesionaba.
En un principio, ingenuamente, creí yo que era por el lugar donde ella lo tenía. Lo llevaba en su trasero, bajo la cadera, en la nalga derecha, y un tatuaje allí debe ser llamativo siempre. Desde mi ventana los espiaba, cuando a la noche y con la luz de su dormitorio encendida, él la destapaba y se quedaba largo rato mirando su piel grabada, estático, embelesado, mientras el cuerpo de la mujer ondulaba la respiración del sueño profundo.
Eran, ciertamente, amantes extraños, tal vez sofisticados para mis gustos. Solían entregarse a juegos que no se me habrían ocurrido. El recorría la piel de ella con la yema de su índice, como escribiendo letras, palabras o números. Lo hacía en su vientre, en su espalda, en los senos. Ella estaba atenta, con los ojos cerrados, y adivinaba el texto que él trazaba sobre su cuerpo. Era evidente que siempre acertaba, o casi siempre, porque luego rompía en risas mientras el hombre se manifestaba asombrado.
Yo, con el tiempo, me aburrí de mi oficio de mirón, me harté de mirar su cuerpo perfecto, de diosa de ébano, y cada vez más presté atención a esa rara extrañeza que a él lo embargaba. Tanto que comencé a espiarlos a pleno día. La excelente ubicación de su apartamento, un piso abajo del mío y cruzando la estrecha calle entre nuestros edificios me lo permitía. Durante las tardes, cuando ella no estaba, él se entregaba al estudio de libros y tratados.
Apliqué mis poderosos binoculares -los mismos con los que había rastreado a los vecinos de varias cuadras a la redonda- para descubrir sus contenidos. Eran libros sobre grabados y figuras, estudios de imágenes mitológicas, eran sobre viejas leyendas. El tatuaje en la nalga de la bella incluía dragones y serpientes, flamas ardientes, nubes oscuras, frases en sánscrito y latín; y en aquel torrente de papel él debía buscar el significado de aquella imagen. Ahora, por las noches, él quitaba las sábanas, y si era necesario, con suaves caricias acomodaba el cuerpo de ella, luego colocaba un delgado papel translúcido sobre su piel, sobre el tatuaje, y con infinita paciencia y delicadeza apoyaba un afilado lápiz y lo calcaba. El procedimiento era lento, y a menudo, ella despertaba. Entonces él escondía sus elementos, en rápido gesto, y se manifestaba cariñoso y ansioso de unírsele. Culminaban haciendo el amor apasionadamente, y cuando ella volvía a dormirse, volvía él a su calco y a su lápiz. Lo tomé por tonto, por no evitarse todo aquello sacando una simple fotografía del trasero de su amada. Más luego, caí en la cuenta que necesitaba una copia exacta, plana, sin la menor deformación que producen las curvas del cuerpo, una copia que jamás podría lograrse con una foto. Lo supe, porque todas las tardes con cuidado y esmero superponía el calco sobre los grabados de sus libros, sobre uno en particular, y lo giraba y acomodaba ajustando la posición y hacía anotaciones, como si estuviese ubicando unas ciertas coordenadas, como armando un rompecabezas. Una noche logró completar su copia. Lanzó un grito, y corrió a la habitación aledaña, encendió la luz, buscó en los estantes el grabado que utilizaba para contrastar el calco. Superpuso los elementos, hizo los últimos ajustes, obtuvo los resultados finales. Ella había despertado, y se presentó ante él como se había dormido: desnuda, sensual, hermosa. El la apartó con fastidio, mientras guardaba bajo llave sus papeles y escritos. Luego la expulsó de su casa, sin contemplaciones, sin ceder ni una vez más a la tentación de su maravilloso sexo. La vi aparecer en la calle, allá abajo, vestida y llorosa, arrastrando una valija. Más arriba, bajo la luz de escritorio, él ya se extasiaba contemplando su obra, su descubrimiento. Supe que era la hora de abandonar mis vicios de espía. Corrí escaleras abajo, tras ella.

5 comentarios:

El Chukustako Tiroleiro (¡ajua!) dijo...

Excellente historia!! Felicidades.

Pampa dijo...

;o)))

Ana C. dijo...

A mí lo que me gusta de este cuento, son las dos vueltas de tuerca. El amante, ávido de otra cosa, que no el cuerpo de la bella y el voyeur que decide dejar de serlo para convertirse en amante.

Alex de Seven dijo...

lo había leído cuando estaba en la costa, en un cyber.
Al margen de que la historia me parece fantástica y magistralmente redactada (pero qué se puede esperar de Uls?) me quedé con ganas de saber ¿qué? Qué clase de demonio encontró que lo echó, así sin más. O descubierto el enigma, saciado el afán de conocimiento ya ese cuerpo y esa alma eran innecesarias?

JackSparragoss dijo...

Me ha gustado la historia, no tengo claro como he llegado aquí.
Al final me ha quedado una sensación como si me faltase algo, no se... Segunda parte?

Saludos desde una taberna en Istanbul