martes, 17 de abril de 2007

Verano con jazmines

Llevábamos dos días terminando algún proyecto común en el que habíamos caído juntos por casualidad. No nos conocíamos más que del trabajo, ni siquiera nos veíamos todos los días y tampoco nos habíamos prestado nunca demasiada atención. Sin embargo ahí estábamos, en tu casa, seis u ocho personas trabajando a pleno, concentradísimos, dos días por la mitad de algún noviembre de algún año hace muchos años.

Al final de la noche invitaste a cenar a todo el grupo, algunos no podían, otros se fueron temprano, al final nos quedamos los dos solos ordenando y haciendo los últimos comentarios sobre el proyecto. De a poco se fue instaurando entre nosotros un clima de complicidad, de tranquila dulzura, de cercanía amable, que dio lugar a un intercambio de confidencias. Nos empezamos a contar nuestros planes para el futuro, lo que esperábamos de la vida, cómo íbamos con nuestras respectivas parejas. Vos acababas de empezar una relación, yo estaba en las últimas de una bastante conflictiva. Mientras hablábamos y hablábamos yo me había reclinado en el sofá, apoyada sobre el costado derecho, vos, sentado enfrente mío, seguías contándome cosas. Al final hiciste un comentario sobre lo bien que congeniábamos o algo así.

Ya era bastante tarde y hora de volver a casa. Vivíamos a unas veinte o treinta cuadras. –Te llevo en bicicleta –me dijiste. Yo me turbé un poco, imaginándome el espectáculo que iba a dar en faldas subida al portaequipajes de una bici, pero me tranquilicé a mí misma pensando en la nada de gente que iba a haber por la calle por ese barrio y a la una de la mañana. Era una noche preciosa de noviembre, llena de olor a jazmines y a pasto cortado, todos los árboles floridos, el aire tibio, la noche estrellada, una noche perfecta para ir en la parte de atrás de una bicicleta agarrada a la cintura de un hombre así de atractivo, sintiendo el vientito en los muslos desnudos y rozándote apenas con las rodillas.

El viaje terminó demasiado pronto, supongo, creo que cuando más lo estaba disfrutando. Veinte o treinta cuadras se hacen demasiado rápido en bicicleta. Me bajé de la bici, te dije gracias por haberme traído y me acerqué para darte el beso de despedida. Nos quedamos mirando como si ese beso hubiera sido poco como despedida y sin saber qué hacer. Nos dimos otro beso en la mejilla. La tercera vez, quedaba un poco tonto seguir despidiéndose de esa forma. Entonces caímos uno en los brazos del otro y empezamos a darnos todos los besos que andaban sobrevolando el aire desde hacía rato.

Sin parar de besarnos, yo abrí la puerta del edificio mientras vos dejabas la bicicleta arrinconada por ahí. Seguimos besándonos en medio de arrumacos mientras el ascensor bajaba desde el último piso. Se suponía que nos despedíamos ahí, pero me seguiste besando al subir al ascensor. Después hubo un revuelo de caricias y suspiros, tus manos desabrochando botones y levantando faldas, subiendo por mis muslos y bajando por mi cintura, las mías desabrochando un cinturón y bajando un cierre con demasiada impaciencia. La misma impaciencia de tus labios, que no saben si elegir entre mis labios o mis pechos. Antes de llegar al séptimo piso ya estábamos completamente unidos, perfectamente encastrados el uno en el otro, respirando los dos al mismo ritmo. En menos de dos minutos yo me deshago en un orgasmo deslumbrante y todo el universo desaparece. Ya no hay ascensor, no hay edificio, no hay noche de verano deliciosa, no hay ley de gravedad. Y me vuelvo a encontrar solamente suspendida de tus besos y tu sexo. Abro los ojos al sentir las primeras oleadas del segundo y te miro y veo que me estás mirando y supongo que lo que ves en mis ojos te hace sentir lo que estoy sintiendo porque te perdés dentro mío en otro orgasmo rutilante, en el que te acompaño, esta vez en perfecta consonancia.

Nos quedamos unos minutos recuperando el aliento, sintiendo cómo todo late dentro nuestro, reponiéndose de la conmoción. Sin salir, empezás despacito a abrochar los botones de mi blusa, mientras me sonreís y seguís acariciándome y dándome besitos. –Me encanta como me vestís –susurro, totalmente abandonada a los mimos–. Pero más me encanta cómo me desvestís, pienso, y te lo digo.

Salimos del ascensor y nos quedamos sentados en la escalera unos minutos más. Difícil aceptar el final de tanta perfección. Cuando te vas, te acompaño a la puerta, para abrirte, nos besamos sabiendo muy bien qué hacer ahora y te miro irte en tu bicicleta. Todavía me tiemblan las piernas, pero no importa, tengo todo el resto de la noche para que se tranquilicen. Lo último de vos que veo esa noche es que te das vuelta y me soplás un beso con la mano. Me voy a dormir con el recuerdo de tu última sonrisa y envuelta en el olor de los jazmines.

12 comentarios:

Alex dijo...

ES DE UNA BELLEZA CONMOVEDORA. Ana, naciste para escribir!

Ana C. dijo...

Lo que conmueve es que digas eso, Alex, justo vos, que hacés malabarismos con las palabras.

Alex dijo...

Gracias: pero dejame decirte que reconozco el talento cuando lo veo, lo leo y lo siento y a vos te sobra, es más podrías prestarme un poco :)

El Chukustako Tiroleiro (¡ajua!) dijo...

yo creo que lo mas delicioso de este post es esa sensacion de hacer el amor con alguien la primera vez. Lo describiste perfecto.

Turca dijo...

Coincido con el Chucus, y con Alex también!
Bellísimo Ana!!!!!!
Besosssssssssssss.

guadalupe dijo...

Aj! que asco! garchar con un tipo de entrada y sin conocerlo... aj aj aj
Dios los libre y los guarde, obscenos, indignos, réprobos, malditos....

che Ana... me lo presentás? :p

Juan dijo...

Así también lo viví yo! Gracias por recordarlo!

Ana C. dijo...

Alex, Chukustako, Turca, gracias! Me pone bien contenta que les haya gustado.

Esta no me suena a la Guadalupe de siempre, no sé porqué...

Siempre es bueno despertarle los buenos recuerdos a alguien, Juan, aunque no sean compartidos ;-)

Anónimo dijo...

Che, pero muy bonito. Gracias.

Ricardo

Lucy in the Sky dijo...

¡Qué historia tan intensa y qué bien contada! Esas locuras que uno se permite cometer son las que nos ayudan a conciliar el sueño en la peor noche de insomnio.

Ulschmidt dijo...

bravo! los encuentros espontáneos son su fuerte. O su punto débil.

Ana C. dijo...

Gracias por pasar y por el comentario, Ricardo.

O se nos ocurren en una noche de insomnio, Lucy.

Mire, no me lo había pensado, Ulschmidt, pero ahora me parece que tiene razón.