sábado, 26 de mayo de 2007

Autoelogios

Por la época en que mi marido y yo no llevábamos ni medio año juntos y él todavía no estaba impresionado con mis dotes culinarias se me ocurrió hacer una pastafrola. Para los que no saben, una pastafrola es una especie de Linzer Torte que en lugar de mermelada de frambuesas se hace con dulce de membrillo y, bien hecha, es perfecta para la hora de la merienda. Lo cierto es que hasta ese momento, a mí nunca me había salido bien una pastafrola; me salían secas, o desabridas, con demasiada masa y poco dulce, con el dulce demasiado cocido, con la masa arenosa, en fin, siempre una desilusión. Ese día, conseguí una receta que nunca había usado antes, la seguí al pie de la letra y terminé haciendo una pastafrola perfecta, realmente perfecta. La masa, blandita y bien amarilla, se derretía en la boca, el dulce, con el grado perfecto de humedad y acidez, una delicia. La mejor pastafrola que jamás había hecho antes, maravillosa. Termino de probarla, constato que está buenísima y exclamo: “Mmmm… ¡Qué bien que me salió!”. Y mi marido, en lugar de decirme: “Sí, está muy rica” o cualquier cosa parecida, se me queda mirando, todo serio. Yo, entre shockeada y frustrada por la falta de respuesta ante la mejor pastafrola de mi vida, le pregunto: “Qué. ¿No te gustó?” Y entonces él me dice: “Sí, claro. Pero… ¿No te parece medio tonto decir vos misma ¡Qué bien que me salió!?”. Y ahí apareció la primera diferencia cultural entre nosotros. A una señora danesa jamás se le hubiera ocurrido decir “¡Qué bien que me salió!” ante una de sus obras de arte culinarias, sino que hubiera esperado pacientemente a que otro dijera: “Mmmm, está delicioso” y entonces hubiera agradecido el elogio con una sonrisa bastante humilde y como sin darle mayor importancia a la cosa. Yo, en cambio, empecé directamente a felicitarme por el buen resultado de mi obra esperando, además, que los elogios siguieran para confirmarme lo rica que me había salido la pastafrola. Y a mi novio danés le resultó un poco chocante semejante demostración de vanidad sin escrúpulos.

¿Y a qué viene todo esto ahora? Pues nada más ni nada menos que al hecho incontestable que conseguí hace poco decir de vuelta “¡Qué bien que me salió!” con otra de esas cosas con las que llevo años intentando que me salga: una mousse de chocolate blanco. El chocolate blanco no es, en realidad, chocolate de verdad. Es una mezcla de azúcar, manteca de cacao, leche en polvo y lecitina y su calidad está determinada sobre todo por la calidad de la vainilla que se usa para perfumarlo. Como es tan dulce, a los seres humanos, que estamos genéticamente predispuestos a que nos guste el sabor dulce, nos encanta, y más en versión helado o mousse. Pero el chocolate blanco es bien difícil de trabajar en la cocina. Una vez derretido y cuando uno empieza a mezclarlo con otra cosa, se corta o se transforma en una pasta espantosa que no sirve para otra cosa que para tirar a la basura. Pero esta vez sí que me salió, y como no sólo me salió sino que además me salió buenísima, acá va la receta con sus secretos.

Se necesitan 400 gramos de chocolate blanco, 8 claras de huevo y 4 decilitros de crema de leche. Primero hay que derretir el chocolate a bañomaría muy suave y dejarlo que se entibie. Después se baten las claras a punto de nieve bien firme y entonces –acá viene el secreto– se le agrega todo el chocolate tibio de un golpe y se bate bien fuerte hasta que todo esté mezclado. Las claras se caen, por supuesto, y todo tiene un aspecto bastante horrible, pero no hay que descorazonarse. Por último, se bate la crema para que quede firme pero no demasiado y se mezcla con mucho cuidado con las claras con chocolate. La mousse ya está lista para meterla en un bol o repartirla en bolcitos y dejarla por lo menos toda la noche en la heladera para que se ponga firme y linda. Se puede comer así, claro, pero yo la prefiero perfumada con ralladura de cáscara de lima –que se agrega a la mezcla de claras y chocolate antes de agregarle la crema batida– y rellenando una súper torta de cumpleaños.

Para la torta se prepara un bizcochuelo con 5 huevos, 5 cucharadas soperas de azúcar y toda la vainilla que a uno le guste que se baten hasta que estén bien espumosos. Se mezcla todo muy suavemente con 2 o 3 cucharadas de almendras peladas y molidas y 5 cucharadas de harina leudante o mezclada con una cucharita de polvo de hornear que se tamiza antes para que quede bien aireada. Se cocina a 180 °C en un molde de 26 cm durante más o menos ½ hora.

Un rato antes de rellenar la torta, uno lava, le saca el cabito y corta por la mitad medio kilo de frutillas, les agrega una cucharada de azúcar y el jugo de una lima, que puede ser la misma lima a la que el día anterior le rallamos la cáscara si en el camino no la convertimos en mojitos o la usamos para preparar un guacamole, y las deja un ratito bien tapadas para que no se oxiden.

Para terminar, hay que cortar la torta en dos o tres capas, rellenarla con 3/5 partes de la mousse y 3/4 partes de las frutillas y, cuando está bien armada, recubrirla toda con el resto de la mousse y adornarla con el resto de las frutillas. Queda bárbara y lindísima y la combinación de lo extremadamente dulce del chocolate blanco con la acidez de las frutillas y la lima es espectacular. Y además, claro, sirve para desearle el más feliz de los cumpleaños a la persona que más ganas tenga uno.

6 comentarios:

Alex dijo...

qué rico!!! pero no me veo cocinándola. Cuando vengas no me hacés??? Dale!!!

Me gustó la semblanza cultural, y cómo el permitir que las diferencias nos alejen o no depende de nuestra decisión, del amor, el respeto o la empatía o como le quieran decir.
Beso

La otra parte de mí dijo...

mmmm qué rico!me encanta la pasta frola!y también las personas que pueden decirse cosas lindas a sí mismas,que se permiten mimarse.
besos dulces.

Mikaelina dijo...

Buenísssima, Ana C., lo demás es falsa modestia

garrobito_alado dijo...

jejejje.. conozco a los europeos y no me sorprende la reaccion de tu marido.. Y la mousse suena deliciosa pero yo soy un completo inutil para la cocina (se me quema hasta el agua caliente)
saludos desde gringolandia

montevideana dijo...

Me emocioné leyendo esta receta!

Ana C. dijo...

Acá estuve bien maleducada y me olvidé de contestar comentarios.

Alex, ¡claro que sí! Lo único es que no garantizo el resultado. Ese chocolate blanco es de lo más traicionero.

Eso fue el inicio de las diferencias culturales y sólo era la punta del iceberg.

En eso yo soy bastante buena, La otra parte de mí, y a veces a algunos les choca.

Sí, sí, Mikaelina, defecto del que no adolecemos :-)

¡Bienvenido a este blog, Garrobito, y que no sea la única vez! Esta es una receta delicada, pero siempre se puede ensayar con algo más fácil ¿eh?

Ah, Montevideana, ahora yo quiero saber qué fue lo que provocó la emoción.