martes, 20 de noviembre de 2007

La justificación

Tal vez hubiera sido bueno haber hablado un poco con ella, que le dijera sus razones, que le explicara cuáles habían sido los motivos, pero no, su cabeza en esos momentos estaba ya muy distante, una demoníaca obsesión lo atormentaba y lo tornaba ajeno a cualquier entendimiento; por eso fue que la golpeó, que la tironeó fuerte de los pelos, y con aquel odio que borboteaba en su sangre le pegó el primer cachetazo, en la cara, cuando estaba completamente desprevenida y a su merced, hasta que la mano le empezó a doler, y miró aquel rostro con los magullones que parecían granadas a punto de reventar, y la nariz moqueando y escurriendo sangre. Lo que más le dolió entonces fue su alma, que envenenada, jamás volvería a ser la misma.
Se alejo de allí, volteó la cabeza y miró como María, angustiada, se cubría con una toalla limpiando su cara, cruzó la puerta y al cerrarla, escuchó todavía algún sollozo que atravesó no solamente las paredes, sino también su corazón y su mente; y entonces, empezó a correr por las calles mientras comenzaba a oscurecer, a correr de uno a otro lado como alma en pena, agitado, y con la vergüenza en los ojos, repitiendo en su memoria las imágenes: su mano en alto, la mirada enloquecida, el resoplido de su aliento, el golpe contra el rostro de ella, el giro brusco y el impacto contra la cama, el gemido que poco a poco se convirtió en llanto. Correr y divagar en aquellas calles frías y solitarias, en aquellas calles de aquel pueblo maldito, que seguro, estaba enterado ya de todo cuanto había ocurrido. Solo, y bajo aquellas miradas que, seguramente, tras las puertas seguían uno a uno los pasos de sus penas.
Cayó la noche, regresó a su casa y se acurrucó finalmente en la banqueta sucia del comedor, la luz tenue de una lámpara en la cocina, le señaló dónde estaba María, con el cabello recogido en una trenza, los moretones discretos, planchando su camisa azul, la de cuadritos que tanto le gustaba.
Abrió bruscamente la puerta, ella lo miró disimulada, y con mucha vergüenza y pena agachó la cabeza.
Fue en ese instante entonces cuando decidió abandonarla y salió de su casa para siempre, mientras, en su mente no dejaba de repetir:
-Fue cierto… por eso la muy puta no se atrevió a defenderse…a reprocharme nada.

4 comentarios:

Alex dijo...

qué te parió!
me atropellaron los recuerdos de una golpiza de la que fui testigo, mierda!

OTRAMIRADA dijo...

Para el que golpeo una vez siempre habrá otras, y las excusas para justicarse no faltarán.

Besos

El Mellizo dijo...

sólo decir que lo leí.

Lucas dijo...

www.terceraroca.blogspot.com